Joan Miró, Interior Holandés

Antes de continuar enumerando tenuemente los discos que más me sorprendieron de la década pasada, prefiero realizar un alto y mirar con detención una de las pinturas que encuentro, por no decir menos, indispensable en la retina de la sutileza.

Interior Holandés, Joan Miró

Podemos reconocer a Miró como unos de los grandes exponentes de la pintura surrealista del siglo XX, quien mostró grandes influencias y trazos heredados del cubismo y el expresionismo alemán, pero una de las influencias más curiosas dentro del abstracto mundo del pintor es la pintura Holandesa del siglo XVII -siglo de oro de la pintura holandesa- que mostraba fuertes matices costumbristas y descriptivos, donde de una u otra manera se paralizaban escenas llenas de vida y colorido.

Uno de los pintores que más impresionó a Miró fue Jean Steen, y en especial su cuadro “Lecciones de Baile”, en el cual podemos visualizar el interior de lo que se supone una casa holandesa, donde un dantesco joven toca su laúd a la vista paciente y atenta de una mujer, ambos instalados agradablemente en la mesa (es de intuir que la cena ya ha acabado), acompañan este agradable retrato un perro que mira fijamente al observador, y un gato algo somnoliento. Es de apreciar también la gran ventana que nos aporta la perspectiva de interior/exterior. Curioso nombre el de “Lecciones de Baile” dado lo estático del cuadro, donde el único acto vigoroso es realizado por el interprete del laúd. Ahora bien, ¿Dónde yace la genialidad de Miró frente a este retrato?, en la transformación de lo real y cotidiano en algo abstracto e iconográfico. Miró desfigura de una manera sutil el cuadro de Steen, lo desarticula, lo expande y lo contrae, pero la realidad misma de la escena sigue ahí, de forma concreta e inalterable. Le añade mayor vida mediante colores más fuertes, mantiene el protagonismo del músico otorgándole más volumen al igual que al laúd, forzándolos a ser el eje principal del cuadro, a ser el primer acercamiento del observador. Luego distorsiona los objetos inanimados, llevándolos a un plano netamente abstracto, el lugar de la mesa esta ahí, más no reconocible como una mesa sino como un gran caudal donde se apoyan otros incomprensibles objetos, al igual que una informe mujer. El perro sigue ahí, ahora más contemplativo, incitando al observador a ser parte de la escena y degustando los sabores del tabaco con una pipa, al igual que el gato que tímidamente se divisa bajo la torrencial mesa. El exterior se contempla mucho más vital y colorido, invitando entre tanto colorido a inmiscuirse en el universo exterior de una sala igual de caótica. Todos los trazos tienen un carácter lúdico, ridículamente infantiles pero rotundamente maduros que nos incitan a pensar en una posible perspectiva tridimensional.

El otrora interior estático se alza de un momento a otro como un delirante fluir de vida. Un excelente homenaje a la pintura holandesa.

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~ por fvguerino en enero 29, 2010.

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